
Goya fue y es la gran carta de presentación del MUNAL desde fines del año pasado. Se presenta no tan sólo como una magna exposición, sino a manera de un esfuerzo único de coordinación interinstitucional, palpable en el despliegue de alrededor de treinta óleos y una parte sustancial de la obra gráfica del pintor español, las series completas de los Desastres de la Guerra, Los caprichos, Los proverbios o los disparates y La Tauromaquia. El MUNAL, puede decir éste satisfecho, trajo a Goya.
Sin restar valía a lo que representó dicho trabajo, tal percepción arraiga sobre viejas suposiciones atribuidas a los museos, en particular a los de arte, y que va de la mano con lo que es considerado patrimonio. Más allá de la solidez de una propuesta curatorial dada, la exhibición se presenta distinta e importante per se: es Goya. No es necesario justificar los méritos estéticos de las piezas presentadas, tampoco asoma la posibilidad de cuestionar los mismos. En tanto parte de la historia del arte, el nombre del creador resulta el argumento suficiente. Bajo esta perspectiva, el museo ha cumplido con su papel social al brindar la oportunidad al público mexicano de acceder a esta obra en vivo y en directo, sin necesidad de boleto de avión.
Sin embargo, tal accesibilidad no implica que exista una apertura mayor hacia los públicos, ni que se haya roto con la etiqueta de “gran arte” asociada. No basta con afirmar que ahora sí, todos pueden ir a ver a Goya, para considerar el punto salvado, ya que estas cuatro letras pueden no decir nada a más de uno (igual y la que termina ganando difusión es la UNAM). Por otro lado, este peso sobre el nombre provoca una carga reverencial que llega a intimidar. ¿Qué sucederá si uno no comparte la misma fascinación ante las obras? ¿Será entonces una incapacidad para apreciar el arte? ¿Significará que algunos tienen cabida en el museo y otros no?
El Munal no ha sido tan ingenuo como para no haber considerado lo anterior. De hecho, la apuesta primera de la exhibición gira sobre un interés previo y reconocido por ver el trabajo de Goya. El reto para el museo estuvo en conseguir la atención de aquéllos que estuvieran fuera del público esperado en principio.
La estrategia recayó sobre la campaña de difusión. Además de los medios de comunicación institucionales, la exposición fue promocionada por televisión abierta, además de inserciones publicitarias en revistas, periódicos y cápsulas promocionales en cine y radio. En varias ocasiones, la propia directora del museo asumió el papel de promotora. La suposición pareció ser que la mayor reiteración pública de la exposición y del nombre de Goya, rompería con barreras y reticencias por ir a verla. ¿Goya como fenómeno mediático?
Sin duda alguna, lo anterior tuvo acierto en la capacidad de despertar curiosidad y generar reconocimiento respecto a la exposición- la oí en, la mencionaron en, lo ví en. Hubo una provocación hacia las expectativas. No es de extrañar que la muestra fuera la primera opción de muchas personas cuando están consideraran el asistir a un museo.
Ello explica parte de la gran afluencia de público que la exposición ha tenido. El museo amplió el horario de visita y cambió el día de entrada gratuita ante la respuesta. A decir de su directora, a siete semanas de permanencia, se había roto con el límite de visitas alcanzado por la última exhibición temporal, 101 mil 310, “lo cual demuestra que el público ha comprendido la dificultad para reunir esta obra que probablemente ya no se vea de nuevo (…) el éxito (…) se refleja dentro del recinto con la saturación de las salas, en las visitas guiadas, en el taller de Goya…”*
Mas ¿en verdad esa es la razón por la que las personas han ido a ver la muestra? ¿En verdad asisten con la conciencia de que están ante una oportunidad única? Bajo la premisa de que sea así, ¿eso convierte aquélla en una buena exhibición? Por encima de la circunstancia de su oportunidad, ¿se consigue involucrar a los visitantes con el discurso curatorial propuesto, el de un Goya a contraste entre la labor por encargo y la libertad creativa? ¿Puede afirmar esto el boletaje vendido?
Pese a que se deseara decir lo contrario, el hincapié por presentar un rango númerico como indicador positivo es otra fuerte suposición de los museos: “todo un éxito” cuanto mayor sea la fila (ideal si le da la vuelta al edificio). Es equívoco tomar a la numeralia como reflejo cualitativo de si se lograron o no los objetivos propuestos por una exhibición. A lo más, las cifras podrán señalar el grado de expectativa de los visitantes, los cuales han decidido poner su atención y tiempo en algo que creen será interesante. La espera en una línea o las dificultades para moverse en una sala no podrán decir lo provocado en los sujetos.
Goya, Aztecas, Faraón, Del Cuerpo al Cosmos, Frida…, exposiciones magnas en las que de nueva cuenta se corre el riesgo de confundir la evaluación cuantitativa con la injerencia que pueda tener el discurso museográfico respectivo en los individuos; grandes exhibiciones donde las piezas pertenecen a la categoría de “obras maestras” o “tesoros universales”. Asumir lo anterior como la premisa deseable para la labor museal, obligaría a dejar fuera los planteamientos de museos pequeños, de los comunitarios y a las iniciativas independientes. Llevaría a perpetuar un concepto muy restringido de patrimonio, ajeno el papel que las personas y grupos sociales juegan en la validación del mismo. Y volvería a colocar a los museos en una circunstancia restringida, ausente, que poco aportará a la problemática presente respecto a su papel social e identidad.
* Roxana Velásquez, cfr. La Jornada, La Jornada de en medio, México, 17 de enero 2006.
Sin restar valía a lo que representó dicho trabajo, tal percepción arraiga sobre viejas suposiciones atribuidas a los museos, en particular a los de arte, y que va de la mano con lo que es considerado patrimonio. Más allá de la solidez de una propuesta curatorial dada, la exhibición se presenta distinta e importante per se: es Goya. No es necesario justificar los méritos estéticos de las piezas presentadas, tampoco asoma la posibilidad de cuestionar los mismos. En tanto parte de la historia del arte, el nombre del creador resulta el argumento suficiente. Bajo esta perspectiva, el museo ha cumplido con su papel social al brindar la oportunidad al público mexicano de acceder a esta obra en vivo y en directo, sin necesidad de boleto de avión.
Sin embargo, tal accesibilidad no implica que exista una apertura mayor hacia los públicos, ni que se haya roto con la etiqueta de “gran arte” asociada. No basta con afirmar que ahora sí, todos pueden ir a ver a Goya, para considerar el punto salvado, ya que estas cuatro letras pueden no decir nada a más de uno (igual y la que termina ganando difusión es la UNAM). Por otro lado, este peso sobre el nombre provoca una carga reverencial que llega a intimidar. ¿Qué sucederá si uno no comparte la misma fascinación ante las obras? ¿Será entonces una incapacidad para apreciar el arte? ¿Significará que algunos tienen cabida en el museo y otros no?
El Munal no ha sido tan ingenuo como para no haber considerado lo anterior. De hecho, la apuesta primera de la exhibición gira sobre un interés previo y reconocido por ver el trabajo de Goya. El reto para el museo estuvo en conseguir la atención de aquéllos que estuvieran fuera del público esperado en principio.
La estrategia recayó sobre la campaña de difusión. Además de los medios de comunicación institucionales, la exposición fue promocionada por televisión abierta, además de inserciones publicitarias en revistas, periódicos y cápsulas promocionales en cine y radio. En varias ocasiones, la propia directora del museo asumió el papel de promotora. La suposición pareció ser que la mayor reiteración pública de la exposición y del nombre de Goya, rompería con barreras y reticencias por ir a verla. ¿Goya como fenómeno mediático?
Sin duda alguna, lo anterior tuvo acierto en la capacidad de despertar curiosidad y generar reconocimiento respecto a la exposición- la oí en, la mencionaron en, lo ví en. Hubo una provocación hacia las expectativas. No es de extrañar que la muestra fuera la primera opción de muchas personas cuando están consideraran el asistir a un museo.
Ello explica parte de la gran afluencia de público que la exposición ha tenido. El museo amplió el horario de visita y cambió el día de entrada gratuita ante la respuesta. A decir de su directora, a siete semanas de permanencia, se había roto con el límite de visitas alcanzado por la última exhibición temporal, 101 mil 310, “lo cual demuestra que el público ha comprendido la dificultad para reunir esta obra que probablemente ya no se vea de nuevo (…) el éxito (…) se refleja dentro del recinto con la saturación de las salas, en las visitas guiadas, en el taller de Goya…”*
Mas ¿en verdad esa es la razón por la que las personas han ido a ver la muestra? ¿En verdad asisten con la conciencia de que están ante una oportunidad única? Bajo la premisa de que sea así, ¿eso convierte aquélla en una buena exhibición? Por encima de la circunstancia de su oportunidad, ¿se consigue involucrar a los visitantes con el discurso curatorial propuesto, el de un Goya a contraste entre la labor por encargo y la libertad creativa? ¿Puede afirmar esto el boletaje vendido?
Pese a que se deseara decir lo contrario, el hincapié por presentar un rango númerico como indicador positivo es otra fuerte suposición de los museos: “todo un éxito” cuanto mayor sea la fila (ideal si le da la vuelta al edificio). Es equívoco tomar a la numeralia como reflejo cualitativo de si se lograron o no los objetivos propuestos por una exhibición. A lo más, las cifras podrán señalar el grado de expectativa de los visitantes, los cuales han decidido poner su atención y tiempo en algo que creen será interesante. La espera en una línea o las dificultades para moverse en una sala no podrán decir lo provocado en los sujetos.
Goya, Aztecas, Faraón, Del Cuerpo al Cosmos, Frida…, exposiciones magnas en las que de nueva cuenta se corre el riesgo de confundir la evaluación cuantitativa con la injerencia que pueda tener el discurso museográfico respectivo en los individuos; grandes exhibiciones donde las piezas pertenecen a la categoría de “obras maestras” o “tesoros universales”. Asumir lo anterior como la premisa deseable para la labor museal, obligaría a dejar fuera los planteamientos de museos pequeños, de los comunitarios y a las iniciativas independientes. Llevaría a perpetuar un concepto muy restringido de patrimonio, ajeno el papel que las personas y grupos sociales juegan en la validación del mismo. Y volvería a colocar a los museos en una circunstancia restringida, ausente, que poco aportará a la problemática presente respecto a su papel social e identidad.
* Roxana Velásquez, cfr. La Jornada, La Jornada de en medio, México, 17 de enero 2006.