
Bien, sí: el Eco busca ser un museo de vanguardia; sí, el Eco intenta provocar experiencias estéticas interviniendo el propio espacio y sus límites; sí, el Eco quiere recuperar la idea de experimentación con la cual fue concebido originalmente por Mathías Goeritz, allá en 1953. Sí, sí, sí; pero ¿qué significa novedad, qué sentido tiene la innovación, el experimento, cuando funciona de manera aislada, ajeno a su propia inserción dentro de un contexto sociocultural, de una comunidad, una calle? ¿De qué sirve si no se reconoce el peso de su institucionalidad?
Lo anterior deviene de lo sucedido hace dos semanas, en el que una acción estética (una detonación parte de una intervención sonora), terminó por abrir un conflicto entre el museo y los vecinos del mismo, quienes, al desconocer el proyecto, se llevaron un buen susto, con el consecuente enojo. La inconformidad ahondó todavía más tras un ríspido enfrentamiento con el director del Eco, Guillermo Santamarina, el cual no pudo colocarse en el lugar de los vecinos y defendió a ultranza la acción.
Podría alegarse que Santamarina estaba en lo justo, que su decisión tuvo como base el respeto por el trabajo creativo, y que su postura respondió a un acto de congruencia; sin embargo, ¿dónde queda el papel del museo? De acuerdo, para el Eco, como propuesta museística, se ha elaborado una intención ajena al "cliché" y los "lugares comunes"; mas si se concibe aquél como un espacio de intermediación y/o encuentro de la experiencia estética, éste debe considerar que ello implica a un tercero para el cual habrá de fungir como facilitador. Una relación de intermediación es, ante todo, un proceso comunicativo, cuya efectividad dependerá de la forma en cómo intervengan los involucrados en él. Al quedar fuera uno de los participantes, antes que entendimiento, existirá ruptura.
La presencia arquitectónica del Eco, fundamental para Goeritz y retomada en la nueva fase del espacio, implica que ésta es parte de una comunidad con ritmos propios. El Eco no sólo tiene carácter para los que lo visitan, sino para aquéllos que no son sus públicos, pero que se efrentan con él día a día. Lo sucedido abre de nuevo la discusión sobre los vínculos que los espacios museales tienen para con su entorno inmediato: ¿Qué representan dentro de éste? ¿Qué debate propone en él? Un diálogo ausente es falaz y en el caso del Eco, puede llevarlo a perder todo sonido.