Y viene de nueva cuenta la frase: "es ya una costumbre sexenal". Sí claro, bonita excusa. "Se hizo todo de acuerdo con los trámites". Sí, claro, es lo menos que uno debiera esperar; de modo que no hay por que asustarse. Y a la problemática que encierra este uso de los acervos públicos, mejor es dejarla en esta ambigüedad. La toma de cuadros de los museos públicos para adornar las oficinas de presidencia no tendría que despertar tanta alharaca. El gobierno sí apuesta por la cultura...
Pero hay que hacer ruido, mucho. Y cuestionar, pues no es válido legitimar un procedimiento en lo absoluto claro. Las obras, se nos dice, fueron otorgadas en comodato, lo que supone la existencia de una evaluación por parte del INBA respecto a las condiciones de conservación, seguridad y pertinencia para el préstamo de las mismas. Si esto fue así, es necesario responder ciertas preguntas: ¿la iluminación en las oficinas presidenciales será la adecuada, es decir, habrá un control de los luxes para que la radiación no dañe los pigmentos de los cuadros? ¿Se tendrá termohidrógrafos? (aparatitos que más de un museo agradecería porque los presupuestos no dan para comprarlos) ¿Cuál será la propuesta curatorial con la que las obras estarán insertas: la decoración de interiores? Y la contradicción que representará a las obras el encontrarse en un espacio privado, bajo el papel de una colección particular cuando se supone son acervos públicos, ¿podrá resolverse?
No, no es válido recurrir a las tradiciones sexenales para pasar por alto las preguntas. Es necesario que las personas a cargo de las instituciones culturales hagan valer una ética (además, "el presidencialismo" ya "murió", ¿o es un engaño?). La sugerencia puede ser tachada de ingenua, de acuerdo: más vale apostar a ello que jugar el papel de tonto, dentro de un círculo vicioso sin tomar riesgo alguno por esquivarlo.