
La caricatura, se dice, tiene cualidades especulares: hace visible los rasgos más finos, aumenta los atributos, difumina los límites, devuelve la sonrisa en carcajada. Sin embargo, aquélla puede quedar en una mueca triste cuando se la hace un tímido reflejo de sí.
Es desconcertante el Museo de la Caricatura. Resultado de una larga lucha de parte de la sociedad mexicana de caricaturistas , se vio en él, la manera de
otorgar una dimensión distinta a dicha expresión gráfica: reconocimiento de identidad y validación estética, una contemplación a distancia y necesaria, su inserción como contrapunto visual a las imágnes de la "historia oficial". La estructura museal, entonces, afirmaría para la caricatura una importancia ya aceptada, mas no consolidada. Su carácter irreverente, abría las posibilidades.
Sin embargo, a la fuerte expectativa no corresponde la propuesta que el espacio ofrece: una propuesta curatorial histórico-cronológica tradicional, ausente el sentido lúdico, la ironía, el contrapunto; la persistencia en el engaño de que es suficiente la mera exhibición del objeto y no las interrogantes en torno a su presencia y/o ausencia; una museografía deslucida y descuidada, que no aporta, sino resta a las piezas; un recorrido confuso, abrupto. Se desea pensar que es una mala broma y que, tal vez, salas más adelante, la cosa cambie. No resulta así.
Es desconcertante el Museo de la Caricatura. Resultado de una larga lucha de parte de la sociedad mexicana de caricaturistas , se vio en él, la manera de
otorgar una dimensión distinta a dicha expresión gráfica: reconocimiento de identidad y validación estética, una contemplación a distancia y necesaria, su inserción como contrapunto visual a las imágnes de la "historia oficial". La estructura museal, entonces, afirmaría para la caricatura una importancia ya aceptada, mas no consolidada. Su carácter irreverente, abría las posibilidades.
Sin embargo, a la fuerte expectativa no corresponde la propuesta que el espacio ofrece: una propuesta curatorial histórico-cronológica tradicional, ausente el sentido lúdico, la ironía, el contrapunto; la persistencia en el engaño de que es suficiente la mera exhibición del objeto y no las interrogantes en torno a su presencia y/o ausencia; una museografía deslucida y descuidada, que no aporta, sino resta a las piezas; un recorrido confuso, abrupto. Se desea pensar que es una mala broma y que, tal vez, salas más adelante, la cosa cambie. No resulta así.
El museo pareciera condensar muchos de los olvidos institucionales, la falta de coordinación entre los actores involucrados en los proyectos, la precariedad de presupuestos y los problemas en la gestión de recursos que aquejan a los espacios culturales. Es evidente que los problemas de articulación del discurso, se acentúan cuando existen restricciones para hacerle frente a problemas de mantenimiento, o se tiene poco apoyo para la difusión, la investigación y la remuneración adecuada de los equipos de trabajo, o cuando el peso de la administración deja poco margen para la reflexión. Ninguna de las personas involucradas en el museo de la caricatura desea lo peor para éste. Es seguro que apuestan por él, pese a las dificultades.
Las circunstancias juegan a contracorriente; sin embargo no debieran asumirse como inevitables. El museo cuenta con la fuerza y energía de una comunidad activa en sus talleres, y con el ingenio de un gremio que bien podría proponer soluciones museográficas a partir de los elementos de su trabajo; podría incorporar propuestas arriesgadas en su discurso: revisiones temáticas, juegos de percepción, experimentos con los elementos formales de la gráfica. Tiene a su favor también, la vitalidad constante de la caricatura, la risa cómplice, su mordacidad, el atractivo del cómic, la búsqueda del trazo en numerosos proyectos que nacen, mueren y vuelven a nacer, lo que le abre un panorama amplio de alianzas con públicos diversos.
La caricatura puede ser muchas cosas, menos inercia. El museo de la caricatura, los museos, tampoco debieran permanecer en ella.
Las circunstancias juegan a contracorriente; sin embargo no debieran asumirse como inevitables. El museo cuenta con la fuerza y energía de una comunidad activa en sus talleres, y con el ingenio de un gremio que bien podría proponer soluciones museográficas a partir de los elementos de su trabajo; podría incorporar propuestas arriesgadas en su discurso: revisiones temáticas, juegos de percepción, experimentos con los elementos formales de la gráfica. Tiene a su favor también, la vitalidad constante de la caricatura, la risa cómplice, su mordacidad, el atractivo del cómic, la búsqueda del trazo en numerosos proyectos que nacen, mueren y vuelven a nacer, lo que le abre un panorama amplio de alianzas con públicos diversos.
La caricatura puede ser muchas cosas, menos inercia. El museo de la caricatura, los museos, tampoco debieran permanecer en ella.