
Es un espacio que afirma ser distinto, una perspectiva novedosa dentro de los museos. Sustenta que tiene otra manera de abordar una colección, de seguir una línea museográfica, de validarse como propuesta interpretativa. Tiene claros sus intereses; pretende generar una relación distinta para con los públicos. Se trata del Museo de Arte Popular, interesante en su concepto pero cuyas ambiciones parecieran quedar en un proyecto incipiente.
El Museo de Arte Popular (MAP) es una iniciativa surgida en 1996, como una respuesta para la promoción y difusión del arte popular mexicano, bajo la premisa de que ello permitiría dar carta estética cabal a la producción artesanal. Para dar viabilidad al asunto, se creo una asociación, POPULART, formada no precisamente por artesanos, sino por coleccionistas, promotores, y otros particulares interesados. La conveniencia de una institución así, llamó la atención de los gobiernos federal y de la ciudad de México quienes decidieron participar: CONACULTA, mediante la creación de un fideicomiso y el D.F., vía la cesión de un edificio en el Centro Histórico, incorporado dentro de los trabajos de rehabilitación de este último. Finalmente, en marzo de este año, el museo abrió sus puertas, con el aval de las autoridades culturales y una amplia cobertura en prensa.
Sin duda, la apertura de este espacio fue la consolidación de un conjunto de acciones que incluyó la conformación de acervos, el establecimiento de esquemas de financiamiento y la conformación de una estructura física. El museo refrendó esquemas diversos de funcionamiento institucional, como la figura del patronato. Al partir como un proyecto original, el mismo tenía la ventaja de intentar, mediante el tratamiento dado a los objetos, otra forma de representación y sentido respecto al arte popular mexicano y sus creadores.
De hecho, esto último parecía ser su apuesta principal. El museo se define a sí mismo como un “espacio para la exhibición, difusión, e investigación del trabajo artesanal en México (…) un espacio vivo, dinámico, interactivo, en donde se pretende transmitir el valor del arte popular.”[1] Más allá de la intención, la pregunta de fondo es cómo lo propone.
El museo parte de considerar la producción artesanal como una categoría independiente; ello le supondría construir sus propias definiciones y líneas de interpretación. Las piezas plantean de inicio una relación compleja pues no sólo son resultado de un proceso creativo, sino que cargan un sentido social y comunitario. Tienen además sobre sí, una lectura cultural que los ha sujetado a una visión folclórica, revestida de “pintoresquismo”.
Aparentemente, el guión intenta superar lo anterior al no proponer como criterio para los objetos, su pertenencia geográfica o los materiales. Articula el discurso en cuatro núcleos: las raíces del arte popular, lo sagrado, lo cotidiano, el arte fantástico. Dicha línea parte del acercamiento que de lo popular posee la academia, lo cual es destacable pero impone la duda de si en verdad ello da cuenta de los procesos de apropiación gestados alrededor de la creación artesanal. ¿Basta con saber que estas variables entran en juego? ¿Son las únicas involucradas? ¿Dónde está el punto de vista propiamente de los creadores, de los artesanos? ¿Entienden de ese modo su obra? Dichas preguntas se hacen más fuertes cuando se observan los subtemas propuestos, los cuales retoman la clasificación clásica asignada a este tipo de trabajos: por el material, por el uso (la cocina, la casa, el vestido), por la peculiaridad (las miniaturas, los diablos, las sirenas, la muerte).
Pero la dificultad para proponer una lectura diversa resulta evidente en la museografía. Las piezas quieren ser reivindicadas como objetos artísticos; sólo que pareciera haber una idea errada de cómo resaltar dicho carácter estético: dispuestas dentro de grandes vitrinas, que funcionan como aparadores.
Salvo la distancia creada por el mobiliario museográfico y las cédulas, no hay mucha diferencia entre las salas y la tienda del museo, o cualquiera de los establecimientos del FONART. Sin duda, es de notar que en el cedulario, no se omite el nombre del artesano, lo cual lo reconoce como creador; mas esto no basta para dignificar el trabajo ni redimensionar el sentido de lo artesanal. Tampoco permite mucho al visitante, el cual permanece con la idea de lo bonito, lo colorido, lo “maravilloso que es México”, y poco se lo informa sobre la circunstancia y problemática que enfrenta el arte popular. Quizá la intención fue que la apreciación de lo bello habría de dar paso a una valoración e identificación. La idea es un tanto ingenua.
El museo toma para sí un objetivo muy ambicioso mas no es capaz de dar real espacio a la creación popular. Servir de escaparate no basta, no involucra a los individuos. Por el contrario, perpetua la idea de que la artesanía es una creación menor, lista para lucir o a la cual apelar cuando se sustenta una “mexicanidad”. Al privilegiar esta perspectiva esteticista, la institución contrapone todas sus intenciones: no es un espacio vivo, sino un lugar para una contemplación complaciente; un lugar donde el artesano es una figura, no un hacedor de cultura, sujeto a una problemática específica. El Museo de Arte Popular corre el riesgo de resultar un espacio a donde buscar una identidad de superficie, con poca oportunidad para una reflexión profunda sobre el papel del arte popular dentro de dicha categoría, sujeta a crítica. Pero será aún más grave creer que el MAP ha construido la lectura museográfica correcta.
[1] Información contenida en la página web del museo: http://www.map.org.mx/
El Museo de Arte Popular (MAP) es una iniciativa surgida en 1996, como una respuesta para la promoción y difusión del arte popular mexicano, bajo la premisa de que ello permitiría dar carta estética cabal a la producción artesanal. Para dar viabilidad al asunto, se creo una asociación, POPULART, formada no precisamente por artesanos, sino por coleccionistas, promotores, y otros particulares interesados. La conveniencia de una institución así, llamó la atención de los gobiernos federal y de la ciudad de México quienes decidieron participar: CONACULTA, mediante la creación de un fideicomiso y el D.F., vía la cesión de un edificio en el Centro Histórico, incorporado dentro de los trabajos de rehabilitación de este último. Finalmente, en marzo de este año, el museo abrió sus puertas, con el aval de las autoridades culturales y una amplia cobertura en prensa.
Sin duda, la apertura de este espacio fue la consolidación de un conjunto de acciones que incluyó la conformación de acervos, el establecimiento de esquemas de financiamiento y la conformación de una estructura física. El museo refrendó esquemas diversos de funcionamiento institucional, como la figura del patronato. Al partir como un proyecto original, el mismo tenía la ventaja de intentar, mediante el tratamiento dado a los objetos, otra forma de representación y sentido respecto al arte popular mexicano y sus creadores.
De hecho, esto último parecía ser su apuesta principal. El museo se define a sí mismo como un “espacio para la exhibición, difusión, e investigación del trabajo artesanal en México (…) un espacio vivo, dinámico, interactivo, en donde se pretende transmitir el valor del arte popular.”[1] Más allá de la intención, la pregunta de fondo es cómo lo propone.
El museo parte de considerar la producción artesanal como una categoría independiente; ello le supondría construir sus propias definiciones y líneas de interpretación. Las piezas plantean de inicio una relación compleja pues no sólo son resultado de un proceso creativo, sino que cargan un sentido social y comunitario. Tienen además sobre sí, una lectura cultural que los ha sujetado a una visión folclórica, revestida de “pintoresquismo”.
Aparentemente, el guión intenta superar lo anterior al no proponer como criterio para los objetos, su pertenencia geográfica o los materiales. Articula el discurso en cuatro núcleos: las raíces del arte popular, lo sagrado, lo cotidiano, el arte fantástico. Dicha línea parte del acercamiento que de lo popular posee la academia, lo cual es destacable pero impone la duda de si en verdad ello da cuenta de los procesos de apropiación gestados alrededor de la creación artesanal. ¿Basta con saber que estas variables entran en juego? ¿Son las únicas involucradas? ¿Dónde está el punto de vista propiamente de los creadores, de los artesanos? ¿Entienden de ese modo su obra? Dichas preguntas se hacen más fuertes cuando se observan los subtemas propuestos, los cuales retoman la clasificación clásica asignada a este tipo de trabajos: por el material, por el uso (la cocina, la casa, el vestido), por la peculiaridad (las miniaturas, los diablos, las sirenas, la muerte).
Pero la dificultad para proponer una lectura diversa resulta evidente en la museografía. Las piezas quieren ser reivindicadas como objetos artísticos; sólo que pareciera haber una idea errada de cómo resaltar dicho carácter estético: dispuestas dentro de grandes vitrinas, que funcionan como aparadores.
Salvo la distancia creada por el mobiliario museográfico y las cédulas, no hay mucha diferencia entre las salas y la tienda del museo, o cualquiera de los establecimientos del FONART. Sin duda, es de notar que en el cedulario, no se omite el nombre del artesano, lo cual lo reconoce como creador; mas esto no basta para dignificar el trabajo ni redimensionar el sentido de lo artesanal. Tampoco permite mucho al visitante, el cual permanece con la idea de lo bonito, lo colorido, lo “maravilloso que es México”, y poco se lo informa sobre la circunstancia y problemática que enfrenta el arte popular. Quizá la intención fue que la apreciación de lo bello habría de dar paso a una valoración e identificación. La idea es un tanto ingenua.
El museo toma para sí un objetivo muy ambicioso mas no es capaz de dar real espacio a la creación popular. Servir de escaparate no basta, no involucra a los individuos. Por el contrario, perpetua la idea de que la artesanía es una creación menor, lista para lucir o a la cual apelar cuando se sustenta una “mexicanidad”. Al privilegiar esta perspectiva esteticista, la institución contrapone todas sus intenciones: no es un espacio vivo, sino un lugar para una contemplación complaciente; un lugar donde el artesano es una figura, no un hacedor de cultura, sujeto a una problemática específica. El Museo de Arte Popular corre el riesgo de resultar un espacio a donde buscar una identidad de superficie, con poca oportunidad para una reflexión profunda sobre el papel del arte popular dentro de dicha categoría, sujeta a crítica. Pero será aún más grave creer que el MAP ha construido la lectura museográfica correcta.
[1] Información contenida en la página web del museo: http://www.map.org.mx/
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