1/17/2006

Crónicas del medioevo /II: La arquitectura como problema


Que la arquitectura teja un lazo de encuentro, un espacio reconocible y cercano, que refleje una prueba tangible de continuidad cultural, que el medioevo se prolongue entre formas y líneas hasta diluir en ellas: esta pareciera ser la propuesta en Arquitectura Medieval: España y México, continuidades y reflejos.
La muestra se inserta en el marco de la exposición España Medieval y el legado de Occidente. En una primera impresión, pudiera ser considerada como un segundo momento de la misma, sin embargo, el planteamiento general del proyecto la propone independiente a la línea curatorial desplegada en el Museo Nacional de Antropología y en el Nacional de Historia. Esto no implica que sea ajena a la última; ni que resulte un añadido incierto. De hecho, se la toma como un modo de establecer una continuidad, tanto física como de sentido: emplazada a lo largo de las rejas de Chapultepec, las más de 100 imágenes construyen un puente entre ambos museos, a la vez que se da carácter y límites a una zona donde, por el momento, es posible hallar el medioevo con tan sólo transitar por Paseo de la Reforma.
El devenir permite entonces la creación de una arquitectura donde dar cabida a un discurso que tiene como motivo la arquitectura misma, en este caso la arquitectura medieval, que a su vez es tomada como ejemplo concreto de cómo los procesos históricos poseen expresión múltiple e incidencia en planos diversos de la actividad humana. En construcciones, puertas y dinteles; en el trazo de habitaciones, en los motivos decorativos, en los cambios en el gusto y la disposición de los espacios, en el tamaño de las edificaciones y hasta en el lugar donde se realizan, aparece la historia. La arquitectura es considerada un espejo que puede dar cuenta de los procesos sociales y de la historia cultural entre México y España, mediante el reconocimiento de las influencias y los elementos incorporados o modificados en el quehacer arquitectónico respectivo.
El supuesto es atractivo y coherente con la intención de buscar la historia de otra manera; mas plantea un serie de problemas: ¿Cómo llevar la arquitectura a un plantamiento museográfico, en particular cuando aquélla no pretende ser presentada como una obra de autor sino como un testimonio cultural? ¿Qué hacer para proyectar tal sentido de lo histórico y prolongarlo hasta los ojos de los individuos?
En Arquitectura Medieval..., el recurso es la fotografía. Ésta recupera un carácter documental, es decir, ejemplifica lo que el discurso quiere decir. La cualidad objetiva y de registro de la imagen sirve para ilustrar una perspectiva que intenta ahondar detrás de lo observable a primera vista- tamaño, dimensión, forma, volumen. Las fotografías constituyen un modo de atrapar el objeto del discurso, y con esto se convierten a su vez en el objeto museográfico; mas lo que les da pleno sentido son los criterios que las ordenan y presentan, pues éstos apelan a lo que pueda decir la arquitectura, no en sí a la valoración estética de la materia fotográfica.
El acercamiento a la arquitectura parte de los estilos, entendidos éstos como una serie de aspectos materiales cuyo conjunto resulta característico. Pero a dicho principio, le es añadido el de la vigencia o predominio: qué formas se utilizaron durante cuánto tiempo. Se trata entonces de una historiografía arquitectónica en el sentido tradicional. A través del recuento histórico de los estilos, se busca también establecer el enlace la cultura española y la mexicana al proponerlo como un criterio con validez suficiente, puesto que es observable y sancionado por la cronología.
La muestra consta de 13 núcleos temáticos que obedecen a lo arriba señalado: visigodo, prerrománico, románico, protogótico, gótico, islámico, mudéjar, casas de los conquistadores, edificios públicos, civiles y religiosos; frescos, mudéjar novohispano, capillas abiertas y posas, capillas posas. Los primeros siete se centran sobre la arquitectura española, mientras los restantes lo hacen sobre de la mexicana. No hay una distinción museográfica entre ambos conjuntos pues la intención no es separar sino mostrar una continuidad formal; de hecho el orden de las imágenes supone un contraste que habrá de destacar los elementos propios a cada estilo. Los públicos podrán entonces encontrar los puntos de relación y de enlace. Lo anterior implica empezar el recorrido de la exposición desde la puerta Gandhi, de izquierda a derecha. Bajo el sentido contrario, la línea se desdibuja, y el peso carga sobre el impacto visual de las piezas; éstas tendrán que dar cuenta de todo lo dicho anteriormente. La duda es si lo consiguen.
Cada una de las fotografías presentadas, posee una cédula explicativa. Los textos de las mismas, siguen los criterios señalados. En determinado momento se tiene la impresión de estar viendo un enorme manual arquitectónico o parte de una enciclopedia. Al inicio y al final de la exposición, se ubica un glosario que busca familiarizar a los visitantes con el lenguaje técnico propio de la disiciplina en cuestión y que permea toda la muestra. Esto es un buen recurso; sin embargo es difícil retener tantos términos en tan poco tiempo y relacionarlos con la eficacia de un arquitecto; cosa que la redacción del cedulario parece suponer. Queda entonces, la opción de obviar lo escrito y contemplar las imágenes. ¿Pueden, por sí solas, ser suficientes? ¿Dan cuenta de los cambios de estilos, de las continuidades y reflejos? ¿Lo consiguen ver las personas? ¿Terminan por ser sólo bonitas fotos? ¿Logran que se encuentre el medioevo? ¿Despiertan historias, que no la Historia?
La arquitectura no es la solución, la arquitectura es el problema. Mucho de lo que se pueda proponer y decir mediante la misma, aún no ha encotrado el enfoque museográfico pertinente. Arquitectura medieval: España y México, continuidades y reflejos resulta un esfuerzo comprometido, mas frágil; un destello ligero que atrae miradas pero a la que le es difícil mostrar la suya.

1/09/2006

Crónicas del medioevo/ I: De España medieval y el legado de occidente o las dificultades de encontrar la historia de otra forma

Los criterios culturales nos hacen concebir la acción humana como acontecimiento, inserto en un espacio y existente en el tiempo. La figura de sujeto histórico nos acompaña, y sobre de ella se ha intentado forjar un sentido donde encauzar las acciones individuales, al convertir aquéllas en algo común y compartido.
España medieval… es parte del proyecto “grandes civilizaciones”, puesto en marcha por el MNA, cuya mirada propone a la historia como un conjunto de procesos complejos; de manera que al igual que hoy, se puede hablar de una serie de relaciones en juego sujetas a las circunstancias, expresadas en instituciones formales, movimientos de resistencia, costumbres y rutinas. Esto debería permitir un acercamiento mayor y una percepción de lo histórico como cercano y vinculado a las personas.
¿Cómo plantear esto para una exposición que se concibe a sí misma como depositaria de un legado? El término pesa: literalmente refiere a lo que queda, a lo que permanece en tanto trascendente. La idea crece al pensar en que fueron necesarios dos espacios, el Museo Nacional de Antropología (MNA) y el Museo Nacional de Historia (MNH), para dar cabida a la muestra. Cruza la sospecha de que la exhibición buscó ser exhaustiva, panorámica. ¿Puede tal carácter contundente no verse como algo estático y encontrar un tiempo no sujeto a sus propios límites?
La exposición concentrada en el MNA intenta una crónica del medioevo como período sociohistórico y con reflejo en la estructura contemporánea. En tanto crónica, provoca una afirmación histórica de sucesos o eventos concernientes al desarrollo del medievo en España; mas no intenta una cronología simple. España medieval… tiene un eje claramente temporal, a su vez matizado por otro cuyo sostén es la idea de herencia cultural. Aunque interrelacionados, el énfasis sobre los mismos varía, por lo que la curaduría propone dos líneas de lectura: la primera enfatiza las etapas históricas, mientras que la segunda se concentra en estructuras socioculturales específicas. Lo anterior se hace evidente en los núcleos temáticos propuestos: la conformación de la España medieval y el reinado visigodo, la llegada de los musulmanes y el paso hacia el Andalus, la reconquista y consolidación del reino español tras la expulsión de los musulmanes y judíos en 1492; los poderes terrenales, la educación, los cambios en la edición del libro, el amor cortés, las innovaciones musicales. La diferencia también es notoria en la elección de matices cromáticos distitntos para la museografía. No obstante, se intenta mantener un equilibrio entre ambas perspectivas.
La primera línea curatorial intenta perfilar una época. Esta intención vuelve difícil no presentar a las piezas como “testimonio”; tampoco evita un carácter ilustrativo para las mismas, ni la necesidad de seguir un orden sucesivo en su disposición, dado que gran parte de su valor museológico deriva de su identificación con un momento histórico específico (como el tratado de Tordesillas, por ejemplo). Sin embargo, la idea de lo histórico resulta menos estrecha pues subvierte el acercamiento tradicional en categorías –economía, política, sistema de gobierno, cultura, arte- para partir del objeto como detonante de un complejo dónde intervienen aquéllas. Así, a lo largo del recorrido, se van construyendo imágenes, lo que convierte la perspectiva en algo más cercano: el relato de una crónica.
Este criterio es mantenido en los textos del cedulario. La información es concisa, sin que por ello carezca de calidad; el lenguaje, claro y sencillo. Las cédulas electrónicas juegan con la persona del narrador, mediante la animación de figuras que asumen la voz. El discurso académico se oculta.
La segunda línea curatorial busca esbozar el “legado de occidente”, de donde deberán desprenderse las conexiones para con el resto de la muestra ubicada en el MNH, bajo el planteamiento de una identidad y continuidad histórica entre España y México. De allí la mirada sobre las estructuras sociales y culturales. El marco cronológico cuenta mucho menos para dar paso a otros sentidos insertos en las piezas.
Pese a esta libertad, la propuesta resulta fallida. Los temas se perfilan pero no consiguen mantenerse más allá de su enunciación, ya que por sí mismos demandan un tratamiento museológico independiente: no son parte de una crónica, sino resultado de una acción analítica respecto a sistemas sociales y sus expresiones institucionales. Los objetos se vuelven mera ilustración, añadido necesario y a veces forzado. Reducida, apretada, la parte final de la exposición lejos de generar una expectación respecto a lo que falta por recorrer, deja una sensación de fuga y cansancio, reforzada por el manejo de las piezas que parecieran estar pora no dejar el hueco temático sin cubrir. Esto provoca un ligero desconcierto que bien puede minar las ganas de acercarse al resto; aunque también puede llevar a suponer que el relato retomará después, en el MNH, el ímpetu que bien supo sostener en la primera parte.
Quede por ahora este relato del medioevo, que aún le falta por ser contado. Pretender la última palabra cuando se desconoce el resto es un absurdo; porque además la empresa de encontrar de otro modo la historia, presenta todavía otras figuras en las rejas de Chapultepec y el Castillo. Habrá que ver qué se propone y cuál es su realización museográfica. En el MNA, sentó sus reales la crónica como apuesta museológica.

El ganado del patrón: sobre el Cow Parade México


Tras la expectación, llega la vaca: finalmente fueron instaladas las piezas que dan vida al Cow Parade, el cual se define como uno de los proyectos de arte público más extendidos del mundo. Y es precisamente esto último, lo que rompe con la apacibilidad vacuna.
La categoría que define lo que es arte público es más bien resbalosa, dada la confusión que el término instala: ¿lo es por ocupar un área no-privada, contrario al lugar tradicional del objeto artístico en el museo; o por cuanto su sentido cabal requiere de la interacción directa del grupo social? La discusión por demás amplia, crece cuando se concibe lo público como resultado de una apropiación conjunta, lo que dinamiza la percepción del espacio, el cual si bien puede ser abierto, común, no por ello forma parte de la vida colectiva. Respecto a lo que la obra pueda provocar, el asunto implica también un planteamiento sobre las relaciones trazadas alrededor de dicho ámbito compartido y la manera individual en que el mismo es vivido.
Concebido en 1999, el Cow parade parte del supuesto de que el arte irrumpa en la cotidianeidad de las personas y les brinde nuevas perspectivas. A decir de los organizadores “el arte consiste en romper barreras (…) hace que la gente sienta, que piense, que reaccione (…) de repente (…) se dan cuenta de que el arte puede ser divertido e interesante para cualquiera y no sólo para aquéllos que van con frecuencia a los museos.”[1] Así, se recurrió a una figura familiar, la vaca, cuya carga simbólica – proveedora de alimento, “maternal”, animal de granja, pacífico, de movimientos lentos – habría de crear un contraste mediante su inserción en un entorno urbano, por definición contrario a las ideas asociadas con la misma; más el añadido de que el objeto presentado perdería su condición de simple referencia zoológica, gracias a la transfiguración de mano del artista. La experiencia estética encontraría a los individuos, gracias a la reducción de la distancia física, la institucional y la sociocultural.
Pero, ¿tan sólo el hecho de emplazar una manada de vacas/objeto fuera de los espacios museales tradicionales basta para en verdad conseguir lo propuesto? En el supuesto de que sea así, importa observar dónde y cómo se romperían tales límites.
El Cow parade México estuvo precedido de una fuerte campaña de medios y bajo patrocinio empresarial, práctica cada vez menos ajena en el medio museal. La difusión y posicionamiento fue amplio y permitió generar suficiente expectativa en los posibles públicos, a los que también se apeló al lanzar una convocatoria abierta a que presentaran la propuesta –su propuesta - para una de las piezas, misma que se incorporaría al resto de la exhibición. A lo largo de tres meses por lo menos, hubo una reiteración constante sobre el evento aunque sin especificar del todo sus objetivos, salvo el fin altruista asociado con aquél, quizá como parte de una estrategia en el que la curiosidad y la “generosidad” permitieran involucrar a las personas. Sin embargo; ¿realmente hubo tal? ¿Llega a ser cercano algo que pasa mediado por empresas privadas, las cuales llegan a convertirse en figura del proyecto –“primero Lala”? ¿Basta una subasta y el destino de su ganancia a una asociación de asistencia privada para hablar de una acción colectiva?
La irrupción en el espacio, por su parte, contempló áreas consideradas públicas en tanto vías peatonales: paseo de la Reforma, la Alameda Central, las colonias Condesa, la Roma y Polanco. Es en este punto donde entran los mayores cuestionamientos hacia el Cow Parade. ¿Qué criterios intervinieron para la elección de las mismas? ¿Qué las sustentó como los espacios idóneos en los que se podría dar una interacción entre arte/sujeto?
Por lo que corresponde a Reforma y el Centro Histórico, la justificación pude recaer en el flujo de personas que transitan por ellas, al recibir una el reflejo de Chapultepec, y la otra, una vitalidad derivada de la actividad comercial y el impulso turístico-cultural dado a la misma a últimas fechas. En este sentido, se trata de ámbitos en los cuáles son más evidentes las relaciones de apropiación que generan las personas: uso recreativo del lugar; interacción familiar/social, transacciones de compra-venta, paseo obligado…Quizá aquí, la muestra consiga provocar no tan sólo la mirada, sino una reacción activa de los individuos. Pero esto dependerá en gran medida de la ruptura para con ciertos comportamientos establecidos como obligados respecto a las obras de arte cuando son exhibidas: no tocar, no cuestionar la elección del curador, no modificar.
De hecho, parte de estos patrones explican quizá la elección de las áreas restantes, la Roma, Polanco y la Condesa: colonias de nivel medio-alto, mayormente habitadas por profesionistas, calificadas como bohemias o “zonas de intelectuales” (¡!). Se asume que gran parte de los residentes de las mismas o de los asiduos a ellas, posee un grado sociocultural que les permite una mejor comprensión de los alcances del proyecto, y por lo tanto, una mayor disponibilidad para con el mismo.
Así considerado, se trata de personas que reconocen haber sido sujetos de experiencias estéticas, que por lo menos son visitantes de museos o que incluso forman parte del gremio “creativo”. ¿No limita un tanto este perfil las intenciones del proyecto? ¿Qué no se trataba de hacer saber a la gente que el arte es para todos? ¿Por qué no llevar las piezas a la Buenos Aires, a Iztapalapa, a la Nueva Santa María, a la Agrícola Oriental, a la Guerrero, a la Narvarte, a la Nápoles, a la del Valle? ¿Qué allí no hay posibilidad para la sensibilidad artística o acaso sería que no se verían bien? ¿Dónde queda la capacidad de transformación de la experiencia estética?
Es triste pensar que se trata de las vacas del patrón; por eso su cuidado. El arte no se hace público por salir a la calle, el arte se vuelve público cuando se permite su real acceso; el Cow Parade parece estar muy lejos. Eso sí, hay propuestas estéticas arriesgadas, otras no tanto; y el compromiso de parte de los diversos creadores es evidentes; lo cual no evita que la última palabra sobre las mismas, la tenga las personas que se acerquen a mirar.


[1] Peter Hanig, cf. http://www.cowparade.com

1/06/2006

De museos, transporte y rutas erradas


Rutas erradas o una mala broma para los museos: al menos, es lo que puede decirse del equivocadamente llamado Museo del transporte de Xalapa, el cual nunca ha funcionado coma tal ni parece haber asomo de que llegue a hacerlo. Eso sí, se levanta impactante a ras de la carretera; impresiona con su arquitectura, disponible para el que deseé verla, mientras el patronato centrado a su alrededor anuncia una importante remodelación...Preguntarse si el museo de ha deteriorado por tanto uso, parece una pregunta justa.
Mas tras la duda, lo que resulta es una mueca disconforme, pues es curioso que sea propuesto un plan de dicha índole para un espacio de apenas tres años de vida; mismo que jamás ha abierto al público sus puertas. Esta falta de correspondencia aumenta cuando se considera la situación de otras instituciones museísticas, las cuales se ven sujetas a los problemas de falta de presupuesto, mal equipamiento museográfico, inercias administrativas y equipos de trabajo que ajustan constantemente sus funciones con tal de presentar una labor curatorial seria. Se trata de espacios que lidian con la manera idónea de conservar y presentar sus colecciones, ingeniando soluciones para ello, a sabiendas que no cuentan con deshumidificadores o los recursos para implementar condiciones de iluminación adecuadas; se trata des espacios conformados por investigadores que son museógrafos, administradores, directores, montadores y custodios; espacios que no se pueden dar el lujo de una campaña de medios e implementan otros mecanismos de difusión; espacios para los que cumplir con la definición estándar de lo que es el museo, una “institución no lucrativa de carácter público, al servicio de la sociedad y su desarrollo, que adquiere, conserva, investiga, comunica y exhibe para fines de estudio, educación y deleite, testimonios materiales del hombre y su entorno”,[1] se antoja como algo en verdad titánico.
Por otra parte, cabe preguntarse sobre la supuesta colección resguardada por el Museo del transporte, la cual, en teoría, era parte del Museo de Ciencia y Tecnología, conocido ahora como MIX: ¿bajo qué relación está estructurada- préstamo, donación o comodato? ¿De dónde salen los recursos para su mantenimiento? ¿Quiénes son los beneficiarios? ¿Por qué si son bien público, no están al alcance de éste?
Lo anterior es de llamar la atención, pero no es lo más. El punto álgido recae en la discusión respecto a la pertinencia y función social de las instituciones museísticas, el por qué de su existencia y la incidencia sobre la comunidad que lo rodea.[2] En el caso particular del espacio citado, pareciera que el término museo fuese un mero juego, una serie de letras susceptible de acomodar a placer con tal de justificar un despliegue de recursos financieros necesarios de auditar: ¡pongámosle museo y asunto arreglado, así habrán de dejar por la paz al elefante blanco! Flaco favor se hace a la imagen social de estas instituciones, las cuales tienen de por sí, numerosas preguntas respecto al papel que desempeñan, su origen y la racionalidad de su discurso; y cuanto demérito se hace de la profesión museal.
Dígase ya, sin máscaras ni vergüenzas: el Museo del transporte de Xalapa NO es un museo. Quítenle el nombre y colóquenle el que le corresponde; ese que se avizora en los objetivos y propósitos del plan de renovación –una ciclopista, pista para go-kart, áreas recreativas, entre otras cosas: un espacio de entretenimiento, un centro de diversiones. No tiene nada de malo. Quizá lo único complicado sería que al llamar a las cosas por su nombre; se tendría que empezar también a poner en claro el manejo de los recursos financieros, el cómo serán asignados y administrados. Y aunque para la mayoría sería lo justo, tal vez para otros resultará un desvelo muy doloroso.



[1] UNESCO/ICOM, Estatutos del ICOM, htpp://icom.museum/statutes.html, p.1. (El ICOM es el Consejo Internacional de Museos. Fue creado en 1947. Este organismo tiene como intención constituir un eje regulador de la práctica museológica, al estipular una serie de principios, pautas y marcos de acción para los museos.

[2] Una bibliografía básica a consultar: Alonso Fernández, Museología y Museografía, Barcelona, Ediciones del Serbal, Cultura Artística, no. 16, 1999; Hernández, Francisca; Manual de Museología, Madrid, Ed. Síntesis, 1998; Bazin, G; The museum age, USA, Universe Books, 1967; Hooper- Grenhill, Eliean, Museums and the shaping of knowledge, Londres/ N.Y., Routledge, The Heritage, 1992, Morales Moreno, Luis Gerardo (Coord.) Cuicuilco. Revista de la Escuela Nacional de Antropología, vol. 3, no. 7, México, ENAH/ INAH, mayo/ ago., 1996/ Orígenes de la museología mexicana. Fuentes para el estudio histórico del Museo Nacional, 1780-1940, México, Universidad Iberoamericana, 1994; Bonfil Castro, Ramon et.al., Memorias del simposio: Patrimonio, Museo y Participación social, México, INAH/CONACULTA, 1990; Félix, Fernando (coord.), Tercer curso Interamericano de capacitación museográfica. Antología, México, INAH, 1993; Greenberg; Fergurson; Nairne (coomp.); Thinking about exhibitions, Londres, Routledge, 1996; Riviére, George Henri; La museología. Curso de museología/ Textos y testimonios, Madrid, Akal, 1993; Vergo, Peter (Ed.); The New Museology, Londres, Reaktion Books, 1989; Bennet, Tony, The birth of the museum, Londres/Canadá, Routledge, 1995; Sandell, Richard (Ed.); Museums, Society, Inequality, Londres/ N.Y; Routledge, Museums meanings, 2002.