1/09/2006

Crónicas del medioevo/ I: De España medieval y el legado de occidente o las dificultades de encontrar la historia de otra forma

Los criterios culturales nos hacen concebir la acción humana como acontecimiento, inserto en un espacio y existente en el tiempo. La figura de sujeto histórico nos acompaña, y sobre de ella se ha intentado forjar un sentido donde encauzar las acciones individuales, al convertir aquéllas en algo común y compartido.
España medieval… es parte del proyecto “grandes civilizaciones”, puesto en marcha por el MNA, cuya mirada propone a la historia como un conjunto de procesos complejos; de manera que al igual que hoy, se puede hablar de una serie de relaciones en juego sujetas a las circunstancias, expresadas en instituciones formales, movimientos de resistencia, costumbres y rutinas. Esto debería permitir un acercamiento mayor y una percepción de lo histórico como cercano y vinculado a las personas.
¿Cómo plantear esto para una exposición que se concibe a sí misma como depositaria de un legado? El término pesa: literalmente refiere a lo que queda, a lo que permanece en tanto trascendente. La idea crece al pensar en que fueron necesarios dos espacios, el Museo Nacional de Antropología (MNA) y el Museo Nacional de Historia (MNH), para dar cabida a la muestra. Cruza la sospecha de que la exhibición buscó ser exhaustiva, panorámica. ¿Puede tal carácter contundente no verse como algo estático y encontrar un tiempo no sujeto a sus propios límites?
La exposición concentrada en el MNA intenta una crónica del medioevo como período sociohistórico y con reflejo en la estructura contemporánea. En tanto crónica, provoca una afirmación histórica de sucesos o eventos concernientes al desarrollo del medievo en España; mas no intenta una cronología simple. España medieval… tiene un eje claramente temporal, a su vez matizado por otro cuyo sostén es la idea de herencia cultural. Aunque interrelacionados, el énfasis sobre los mismos varía, por lo que la curaduría propone dos líneas de lectura: la primera enfatiza las etapas históricas, mientras que la segunda se concentra en estructuras socioculturales específicas. Lo anterior se hace evidente en los núcleos temáticos propuestos: la conformación de la España medieval y el reinado visigodo, la llegada de los musulmanes y el paso hacia el Andalus, la reconquista y consolidación del reino español tras la expulsión de los musulmanes y judíos en 1492; los poderes terrenales, la educación, los cambios en la edición del libro, el amor cortés, las innovaciones musicales. La diferencia también es notoria en la elección de matices cromáticos distitntos para la museografía. No obstante, se intenta mantener un equilibrio entre ambas perspectivas.
La primera línea curatorial intenta perfilar una época. Esta intención vuelve difícil no presentar a las piezas como “testimonio”; tampoco evita un carácter ilustrativo para las mismas, ni la necesidad de seguir un orden sucesivo en su disposición, dado que gran parte de su valor museológico deriva de su identificación con un momento histórico específico (como el tratado de Tordesillas, por ejemplo). Sin embargo, la idea de lo histórico resulta menos estrecha pues subvierte el acercamiento tradicional en categorías –economía, política, sistema de gobierno, cultura, arte- para partir del objeto como detonante de un complejo dónde intervienen aquéllas. Así, a lo largo del recorrido, se van construyendo imágenes, lo que convierte la perspectiva en algo más cercano: el relato de una crónica.
Este criterio es mantenido en los textos del cedulario. La información es concisa, sin que por ello carezca de calidad; el lenguaje, claro y sencillo. Las cédulas electrónicas juegan con la persona del narrador, mediante la animación de figuras que asumen la voz. El discurso académico se oculta.
La segunda línea curatorial busca esbozar el “legado de occidente”, de donde deberán desprenderse las conexiones para con el resto de la muestra ubicada en el MNH, bajo el planteamiento de una identidad y continuidad histórica entre España y México. De allí la mirada sobre las estructuras sociales y culturales. El marco cronológico cuenta mucho menos para dar paso a otros sentidos insertos en las piezas.
Pese a esta libertad, la propuesta resulta fallida. Los temas se perfilan pero no consiguen mantenerse más allá de su enunciación, ya que por sí mismos demandan un tratamiento museológico independiente: no son parte de una crónica, sino resultado de una acción analítica respecto a sistemas sociales y sus expresiones institucionales. Los objetos se vuelven mera ilustración, añadido necesario y a veces forzado. Reducida, apretada, la parte final de la exposición lejos de generar una expectación respecto a lo que falta por recorrer, deja una sensación de fuga y cansancio, reforzada por el manejo de las piezas que parecieran estar pora no dejar el hueco temático sin cubrir. Esto provoca un ligero desconcierto que bien puede minar las ganas de acercarse al resto; aunque también puede llevar a suponer que el relato retomará después, en el MNH, el ímpetu que bien supo sostener en la primera parte.
Quede por ahora este relato del medioevo, que aún le falta por ser contado. Pretender la última palabra cuando se desconoce el resto es un absurdo; porque además la empresa de encontrar de otro modo la historia, presenta todavía otras figuras en las rejas de Chapultepec y el Castillo. Habrá que ver qué se propone y cuál es su realización museográfica. En el MNA, sentó sus reales la crónica como apuesta museológica.

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